Texto del Dr. Alonso Flores
En un caluroso otoño de 1958. Una sonora explosión provocada por los gases que se habían acumulado dentro del cuerpo del Papa Pío XII, producto de un muy mal realizado embalsamiento, fue el momento más aterrador del indigno funeral del pontífice que había liderado la Iglesia católica durante la II Guerra Mundial. Fue una de las anécdotas vaticanas más desagradables del siglo XX.
Eugenio Pacelli (1876-1958), Pio XII (1939-1958). Nuncio en Alemania, estipuló los Concordatos con Alemania y Austria (también después con España y Portugal), quien fue elegido papa apenas seis meses antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, hablaba alemán con fluidez. Desde 1917 hasta 1929, había representado al Vaticano como Nuncio Apostólico en el Reich Alemán y en la República de Weimar respectivamente.
Una de sus actuaciones más importantes como secretario de Estado fue dar forma a la que luego sería la encíclica Mit brennender Sorge, que supuso una dura condena de las políticas del régimen nazi..
Un año antes de su elección papal, el cardenal ofició el bautizo del infante Juan Carlos, futuro Juan Carlos I, rey de España, en una ceremonia celebrada en el
Antes de su coronación en 1939 y como medida preventiva, redactó ante notario una carta de renuncia en el caso de que fuese hecho prisionero por los nazis, para que no ocurriera lo mismo que había acontecido con el apresamiento de Pio VII por Napoleon en 1809.
El 1 de noviembre de 1950 y mediante la constitución apostólica Munificentissimus Deus, promulgó la doctrina de la Asunción de la Virgen como dogma de fe católica. Es el dogma más reciente definido por la Iglesia católica.
Ferozmente anticomunista, apoyó sin rodeos a Franco antes y durante todo su pontificado. Dirigió la Iglesia Católica durante la Segunda Guerra Mundial cuando la Alemania nazi ejecutaba el exterminio sistemático de millones de judíos. Consiguió que Roma fuera declarada “ciudad abierta”, pero bendijo los tanques nazis. Se declaró “imparcial”. No fue claro en los temas de exterminio de judíos ni en las extradiciones de los mismos en Roma. Excomulgó a los católicos comunistas. Sus encíclicas fueron muy conservadoras.
A finales de 1954 una larga enfermedad gastrointestinal llegó a hacer considerar su renuncia. Posteriormente, los cambios en su hábito de trabajo se hicieron notar. El papa empezó a evitar las largas ceremonias, las canonizaciones y los consistorios además de mostrar vacilaciones en asuntos personales. Falleció en Castelgandolfo de un probable infarto de miocardio y la insuficiencia cardiaca posterior.
Para algunos Pío XII es considerado como un papa santo porque contribuyó (indiscutiblemente) al rescate de muchos judíos en Roma y en Castelgandolfo. Para otros, fue un papa que fracasó (indiscutiblemente) porque no logró encontrar las palabras para condenar el asesinato en masa de los judíos. Por esta razón, algunos pensaron que el atroz tratamiento que se dio a su cuerpo mortal fue un divino castigo.
Durante su papado, Pío XII se había apoyado obstinadamente en la figura de Riccardo Galeazzi-Lisi, un oftalmólogo al parecer conocido por su incompetencia, que atendía todos los aspectos de su salud. Un historiador dijo que el médico poseía “tal extensa historia de incompetencia médica y charlatanería absoluta que sería el sueño de un abogado frente a mala praxis”.
Nacido en 1891 en una familia noble de Roma, Galeazzi-Lisi estudió medicina y se especializó en oftalmología, y fue nombrado por la clínica universitaria de oftalmología de Roma como médico personal de Pío XII, no oftalmólogo del papa sino médico del papa, el cual estaba bastante enfermo del estómago.
Galeazzi-Lisi diagnosticó “intoxicación por ácido crómico” causada por la pasta de dientes del Papa, según John-Peter Pham, un sacerdote estadounidense que sirvió en el servicio diplomático del Vaticano. En 1956, Lisi ganó fama por primera vez cuando presentó un suero para la detección temprana y el posible tratamiento del cáncer.
Aparentemente murió de un IAM e insuficiencia cardíaca.
En octubre de 1958, mientras el pontífice agonizaba a causa de una larga enfermedad en Castel Gandolfo, justo al sur de Roma, el médico contactó con diarios y revistas para, a cambio de miles de dólares, proporcionar fotografías exclusivas de su santo paciente en el lecho de muerte.
Según la revista Time, quería 13.320 dólares por una historia sobre su vida con el Papa, incluidos los detalles clínicos de los últimos días del Papa; 8.000 por un relato hora por hora de la muerte del Papa y 3.200 por las fotografías. Dos diarios italianos compraron conjuntamente el segundo artículo por 3.200, pero solo uno lo imprimió, luego de eliminar “ciertos pasajes que nos parecieron demasiado crudos”.
Pero no fue la única vez que buscó sacar provecho de la salud papal. Galeazzi-Lisi también acordó darle la primicia de la muerte del papa a una agencia de noticias italiana. Les dijo que abriría una ventana en particular del castillo papal de Castel Gandolfo como señal de que el papa había muerto, pero el calor era tan grande que un sirviente abrió la ventana para dejar entrar un poco de aire, lo que provocó que tres periódicos publicaran la noticia de la muerte del papa un día antes de que pereciera.
Durante los últimos días de vida del papa, Galeazzi-Lisi hizo notas clínicas detalladas y tomó fotografías de Pío XII en su lecho de muerte para, una semana después de la muerte del Papa, ofrecerlos a los medios.
Cuando Pío XII murió a los 82 años, el 9 de octubre, Galeazzi-Lisi tomó la responsabilidad de realizar el embalsamamiento de rigor, un proceso que según la tradición se debe practicar a todos los papas.
Se sabe que Pío se negaba a ser sometido a este proceso una vez que muriera, por lo que Galeazzi-Lisi le ofreció preservar su cadáver utilizando un proceso desarrollado por él mismo y el cirujano Oreste Nuzzi.
Según informó The New York Times el 14 de octubre, se trataba de un proceso parecido al utilizado en los primeros cristianos. “Los dos médicos dijeron que una de las ventajas de su método era que el cuerpo embalsamado no tenía que ser despojado de sus órganos vitales”.
El “revolucionario” método al que llamó “ósmosis aromática”, según Galeazzi-Lisi, era muy parecido al que se usó con el cuerpo de Jesucristo (¿?) y permitiría que el cuerpo durara indefinidamente sin descomponerse.
El procedimiento no requería de inyecciones ni incisiones, sino solo la inmersión del cadáver en una misteriosa combinación de aceites de hierbas aromáticas y resinas para desoxidar el cuerpo y, posteriormente, envolver el cadáver con celofán durante casi 24 horas. Al final eso fue un enorme error.
En cuanto se vistió y expuso en la Sala de los Suizos, en Castel Gandolfo, el cuerpo de Pío XII se cubrió instantáneamente de miles de pequeñas arrugas y pocos minutos después comenzaría lo que alguien denominó la “descomposición en vivo más rápida y repugnante que recuerda la historia de la medicina forense”.
“Ha comenzado una furiosa sucesión de fenómenos cadavéricos transformadores: es la descomposición en vivo bajo la mirada horrorizada de los espectadores, siguiendo el aberrante embalsamamiento patentado y practicado por el archiatra (médico principal, a menudo asociado con cortes reales o imperiales, y también con el Papa. La palabra deriva del griego “archíatros”, que significa jefe médico) Galeazzi Lisi”, escribió el Dr. Antonio Margheriti, autor del libro La muerte del Papa: ritos, ceremonias y tradiciones desde la Edad Media hasta la época contemporánea.
Continuó relatando: “El cadáver del Papa se hinchó en la zona del vientre a raíz de los gases putrefactos que se crearon de inmediato; por la misma razón se le ha encanecido el rostro, y por los orificios, sobre todo por la boca, vierte una miasma oscura que le corre por la cara y se posa en las cuencas de los ojos”. La piel adquirió un colorido verdoso.
“El enorme esfuerzo por resistir el olor nauseabundo que emana del cadáver del Papa se percibe en el rostro de los nobles guardias: la alternancia de guardias será cada vez más frecuente a partir de este momento para evitar una exposición excesiva a los gases mefíticos, y porque muchos guardias vaticanos se desmayan agotados por ese olor a muerte. Pero lo peor está aún por llegar”.
Colocar el cuerpo envuelto en un ataúd cerrado evitó que los químicos y gases corporales escaparan naturalmente, acelerando la descomposición, particularmente en el calor del otoño romano.
“Si mantienes los órganos allí y no los tratas adecuadamente, hay una acumulación de sustancias químicas corporales y si no hay espacio para esas sustancias químicas, pueden ocurrir explosiones”, explica Ken Jeremiah, un historiador experto en el proceso de momificación.
El cardenal Tisserant, sintiéndose estafado por Galeazzi, solicitó ayuda a otros médicos, pues el cortejo fúnebre ni siquiera había empezado. De hecho, la descomposición vertiginosa del cadáver hizo que el Vaticano renunciase a trasladarlo a la Santa Sede en un coche especial tirado por caballos blancos, aceptando un automotor del ayuntamiento romano cubierto de cortinas y pompones. En ese vehículo inició el viaje final de Pío XII, pero a medio camino el chófer y los guardias escucharon golpecitos en el ataúd. No era un fantasma: el tórax del papa estaba explotando y en esas condiciones arribó al Vaticano.
La procesión fúnebre hacia el Vaticano debió ser aterradora. Algunos dijeron que la acumulación de gases hizo que se rompieran los sellos del ataúd, mientras otros dijeron que el gran estruendo que oyeron los miembros de la procesión fue la explosión de la cavidad torácica del Papa, que se abrió de golpe.
“Muchos de los presentes en el evento aún recuerdan, a lo largo de la nave de la basílica vaticana, las tremendas bocanadas que se derramaron sobre la multitud al pasar el féretro, así como el aspecto monstruoso del Papa: se puso negro, se le cayó el tabique nasal y los músculos faciales, horriblemente retraídos, le hicieron resaltar los dientes en una risa escalofriante”, relató Margheriti.
En la noche del 11 al 12 de octubre, rompiendo la tradición que dice que el cadáver de un papa nunca podía ser ocultado de la vista pública, fue necesario cerrar la basílica de San Pietro para realizar nuevas intervenciones en el cuerpo.
De inmediato, los tanatólogos practicaron una reconstrucción capaz de aguantar por unos días. No fue suficiente: en la basílica de San Pedro, algún que otro fiel pudo ver cómo se desprendía la nariz de Pío XII. En la madrugada del 12 de octubre, pese a que la tradición lo prohíbe, se suspendió la exposición del cuerpo para aplicarle una máscara de cera que disimulara la falta del tabique nasal y el color gris de la piel, al tiempo que se elevaba el ataúd de modo que no fuese posible mirar de cerca al cadáver. El cuerpo fue colocado en un catafalco de casi 2 metros de alto para que los dolientes no pudieran ver de cerca las decoloraciones faciales.
Una vez terminado el cortejo fúnebre, fue necesario unir los miembros con sedas evitando que el cuerpo se desarticulase mientras lo trasladaban a las grutas del Vaticano.
Los artesanos del Vaticano aplicaron pintura de grasa y otros compuestos para dejar presentable el cuerpo y se mantuvo cubierto el rostro con la máscara de cera, a fin de no impresionar a los visitantes.
Algunos informes de periódicos estadounidenses dijeron que los cuatro guardias suizos que vigilaban el féretro del Papa se cambiaban cada 15 minutos debido al hedor. Según un artículo del New York Times, “muchos cientos de miles” de fieles vieron los resultados del desastroso embalsamamiento, frase, aparentemente, exagerada.
Fue el fin de la carrera del charlatán Galeazzi-Lisi, que fue reprendido y expulsado del Vaticano por el sucesor de Pío, el Papa Juan XXIII y el Consejo Médico Italiano lo expulsó de la organización médica.
“Afortunadamente”, había tomado más de veinte fotos del cadáver del Papa mientras lo embalsamaba y las vendió a algunas revistas. Además, en 1960 trató de dar su versión de los hechos en un libro (Dans l’ombre et dans la lumière de Pie XII) que, casualmente, volvía a presentar las fotografías del Papa Pacelli durante la agonía y el embalsamamiento.
Índice
1.- Pío XII. Fotografía de Michael Pitcairn. 1951.
2.- Pío XII entronizado. Brazos en cruz.
3.- Confirmación de la muerte de Pío XII.
4.- Monjas ante el cadáver del papa.
5.- Exposición final del Papa. Se aprecia el extraño tono de la piel.
6.- Galeazzi-Lisi.
7.- El papa cubierto con celofán.
8.- Exposición en el Vaticano en catafalco de más de 2 metros de alto.
9.- Exposición en el Vaticano en catafalco de más de 2 metros de alto.
10.- Portada de la revista LIFE.
11.- Portada del periódico ABC.
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